Nadie aprecia tanto lo especial que es tu conversación como lo hace tu perro. Christopher Morley.
miércoles, 29 de octubre de 2008
Mensaje en una botella
Ahora, por ejemplo, imagino estar en una playa desierta, lanzo la botella al mar, esperando que alguien la encuentre. Es de noche. El reflejo de la luna, el sonido de las olas, la brisa sobre mi rostro relajado y sobre mis brazos desnudos. Extiendo mis brazos. Me veo a mi mismo desde fuera. Me gusto. Mis músculos se relajan, mi boca se abre y respira, los pulmones se ensanchan a fondo para después expulsar el aire lenta y acompasadamente. Soy consciente de que me tengo a mí mismo, que mi cuerpo me soporta y transporta y merece que le regale caprichos. No caros, más bien la luna, la libertad y pequeñas flores azules.
En ese instante de elevación, me parece distinguir un punto que se desplaza nadando, desde la línea del horizonte del mar, hacia la playa. Se distingue las ondas en el agua, gracias al reflejo plateado de la Luna. El punto se acerca, se va agrandando, se empieza a distinguir la forma. Es un perro, un schnauzer. Cuando llega a la orilla, se sacude el agua y se sienta ante mi rostro perplejo. Lleva una botella atada al cuello. Dentro de la botella hay un mensaje. Lo abro y comienza así: Soy Desolé y escribo este mensaje por si algún dia alguien lo encuentra... Estrujo el mensaje, me lo guardo en un bolsillo y me intento concentrar de nuevo, cuando por el rabillo del ojo veo al schnauzer levantado sobre sus patas traseras, extendiendo los brazos y respirando acompasadamente. Creo que también se gusta a sí mismo.
Pienso que no importa quien lea mi mensaje de la botella.
domingo, 19 de octubre de 2008
Una tarde de otoño de 1.964
Nací una tarde de otoño de 1.964, es decir, en el siglo pasado. Cuando un resfriado se podía complicar y enviarte al otro barrio. Cuando las urgencias médicas consistían en que tus padres te llevaran a la fría consulta de un supuesto médico especialista endiosado, al que se le obsequiaba con un bonito detalle por Navidad. Cuando los profesores eran respetados y cuando la televisión era en blanco y negro.Recuerdos de recortables, de paseos por la escollera del puerto a hombros de papá, de muchas historias reales en blanco y negro. Protagonistas como Popeye ó Phillip Marlowe, que tenía el aspecto de Humprhey Bogart con gabardina.
Años por delante de esfuerzo y sacrificio, porque sabes que nadie te va a regalar nada y te han preparado para ello.Carga genética de sangre manchega, con el sentido trágico de la vida y un humor especial.
sábado, 13 de septiembre de 2008
El dia empieza con un buen salto
Me gusta la disciplina. Tu lo sabes. Cada uno en su sitio y las caricias dosificadas. Aquí no se sube. Aquí no se ladra. Sit, platz y stay ó como se escriban y pocas palabras. Las necesarias.
Pero con el nuevo día, por un instante se rompen las normas y te lanzas en vertiginosa carrera desde el comedor y cual atleta en salto de longitud te avalanzas sobre mi cama, cayendo por lo general a mi lado. Es el ritual del despertar. El dar gracias por tener otro dia para compartir. Para vivir. Con tu salto sobre mi cama la vida continua y los problemas de los humanos se relativizan.
Cuando en ocasiones, me levanto de madrugada, te miro tumbado en el comedor y no estoy tranquilo hasta que te despiertas y vienes a mi lado.
Por eso digo que un buen despertar comienza con un buen salto. Eso sí, menos mal que duermo de lado.
lunes, 1 de septiembre de 2008
¿Yo?
Esta vez, además, él viene bolinga. Como cada vez que me saca a pasear, o mejor dicho, cree que me saca a pasear y le doy una vuelta por los bares de las esquinas. Se toma un pelotazo tras otro mientras le espero en alguno de los bancos. Tan cierto como la relación hombre-perro ó perro-hombre en París.
Pero disculpadme, ahora viene la parte que más me gusta del documental. Un grupo de lobos merodean a dos hombres vestidos de cavernícolas, que se están asando un filete de brontosaurio. Menudos imbéciles. ¿Pero de verdad se han creído que los lobos los necesitaban para comer? ¿Creen que los lobos prefieren la carne a la parrilla?
domingo, 31 de agosto de 2008
El gran silencio
Un día a punto de la congelación, topé con ésta Cartuja. Mis ahora hermanos me abrieron la puerta y me instalaron en algo parecido a un establo. Desolado, vacío y gélido. Por lo menos comía, y como dijo Cervantes por boca de Don Quijote, "la mejor salsa del mundo es el hambre", de ahí que no encontrara manjares más esquisitos que las sobras de mis austeros hermanos.
Un año después de mi llegada, el hermano Nicodemus me tomó bajo su enseñanza de pobreza y silencio. Colocó una techumbre en el huertecillo que daba a su celda y allí me instaló. Aprendo bien por imitación, así que pronto me comportaba como un auténtico cartujo.
miércoles, 30 de julio de 2008
Mi poema favorito es de Philip Larkin
Home is so sad. It stays as it was left,
Shaped to the comfort of the last to go
As if to win them back. Instead, bereft
Of anyone to please, it withers so,
Having no heart to put aside the theft...
And turn again to what it started as,
A joyous shot at how things ought to be,
Long fallen wide. You can see how it was:
Look at the pictures and the cutlery.
The music in the piano stool. That vase...
El hogar es tan triste..
El hogar es tan triste. Permanece como se dejó,
Fija huella del placer de los últimos,
Como si recuperarlos pudiese. Acaso, privado
De agradar, se marchita
No teniendo corazones para proteger del robo..
Y retorna al principio otra vez,
Como disparo alegre a la certidumbre
De un tiempo remoto. Puedes ver como fue:
Mirar las fotografías y los cubiertos.
La música sentada al piano. Aquel florero.
Traducido por mi mujer.
miércoles, 16 de julio de 2008
Mi amigo Rex
Gracias Rex por estar a mi lado.
sábado, 28 de junio de 2008
¿Nos esterilizamos?
En cierta ocasión un adiestrador de reconocido prestigio, me dijo que la esterilización tiene mala prensa porque atribuimos a los perros cualidades humanas. Total, me dijo, hay dueños que no cruzan a sus perros en toda su vida, ó a lo sumo una ó dos veces. ¿Vale la pena las molestias que ocasiona?
Las protectoras y las perreras, lo ven una práctica recomendable. Obligan a esterilizar para adoptar a un perro, cuando precisamente ese perro va atener un dueño teóricamente responsable. Lo ideal para esta gente debe ser esterilizar a la raza cánida, a excepción de los elegidos para pasar a la posteridad como sementales. Muerto el perro se acabó la rabia.
Acontinuación te leo una página de Tombuctú, del gran Paul Auster:
-Oye , Polly -dijo-, lo siento. Pero no es más que por su bien.
-No quiero hablar del tema -replicó ella-. Lo has decidido y se acabó. Ya sabes lo que pienso, así que no tiene sentido discutir.
-Pero no soy el primero al que se le ocurre eso -objetó Dick-. Es una práctica corriente.
-¿Ah?, ¿sí? ¿A que no te gustaría que te lo hicieran a tí?
Dick emitió un ruido a medio camino entre el gruñido y la carcajada.
-Vamos cariño, déjalo ya. Es un perro. Ni siquiera va a enterarse de nada.
-Por favor, Dick. No quiero hablar de ello.
- ¿Por qué no? Si te preocupa tanto...
-No. Delante de él, no. No es justo.
Dick volvió a reirse, pero esta vez fue como una especie de clamorosa estupefacción, una gran carcajada de incredulidad.
-¡No lo dirás en serio! -exclamó-. ¡Si no es más que un perro, Polly, por Dios!
-Piensa lo que quieras pero en el coche no voy a decir una palabra más sobre eso.
Y no lo hizo. Aunque ya habían dicho bastante como para que Míster Bones empezara a inquietarse, y cuando el coche se detuvo finalmente y vio que habían parado delante del edificio en que Polly y él habían estado el martes por la mañana, el mismo donde pasaba consulta un tal Walter A. Burnside, médico veterinario, supo que algo horrible estaba a punto de sucederle.
domingo, 22 de junio de 2008
A different walk
We belong to the city, my loyal soldier, Rex and me, are used to walk among high buildings and traffic lights; in Valencia.
Yesterday we took a different choice. We rediscovered the paradise, the paradise lost for citizens that had not the fortunne to live in the country.
There is a river, not a long river, but not short.
It is a river who sculptured a valley in the inland of Castellón, it is the River Palancia.
And watching that spectacle I thought how much time I had lost in the city, but fortunotely it still was not late.
El jardinero fiel
Sin que tenga nada que ver con el argumento de la famosa y recomendable película, sí que encuentro un parecido en cuanto al tema, en lo que corresponde a mi jardinero particular Rex. Un jardinero de afición con una fidelidad ejemplar.
Ya desde su más tierna infancia, Rex mostró interés por las plantas.
Al poco tiempo comenzó a realizar transplantes e injertos en el mundo vegetal.
Y eso sí, siempre con su carita de no haber roto nunca un plato.
martes, 10 de junio de 2008
El Parterre
El parterre es tan eterno. Aquel hombre mirando el banco cercano a la Estatua. Su madre ya no está. Nunca más estará. Los paseos están vacíos. Aquella pelota cubierta de barro entre las hojas. La Estatua le sonríe y le abre la puerta del tiempo. Ve al niño en el banco y se sienta junto a él. La melodía vuelve y le eleva y su garganta se llena de emoción y sus lágrimas condensan su alegría.
La madre del niño llega. No le gusta que su hijo hable con desconocidos. Le coge de la mano y se marchan. Ahora el hombre está sentado solo en el banco cercano a la Estatua. La puerta del tiempo se ha cerrado.
miércoles, 4 de junio de 2008
Los perros de la brigada ligera
Conozco desde niño la heróica gesta de la carga de la brigada ligera. Desde siempre simpatizo con las causas perdidas y con el honor. Pero la historia la escriben los hombres y hasta hoy nadie había contado que en la carga de caballería participaron dos perros llamados Jemmy y Boxer, que eran las mascotas de dos de los cinco regimientos.
Los húsares cargaron contra lo imposible por honor, y los perros los siguieron por lealtad. Mientras los mandos que ordenaron el ataque observaban el desastre producto de su incompetencia desde lo alto de una colina. Hay que joderse...
Insistir, a estas alturas, en que aprecio en general más a los perros que a los hombres es una obviedad que no remacharé demasiado. He dicho alguna vez que si la raza humana desapareciera de la faz de la tierra, ésta ganaría mucho en el cambio; mientras que sin perros sería un lugar más oscuro e insoportable. Cuestión de lealtad, supongo. Hay quien valora unas cosas y quien valora otras. Por mi parte, creo que la lealtad incondicional, a prueba de todo, es una de las pocas cosas que no pueden comprarse con retórica ni dinero. Tal vez por eso, la lealtad, en hombres o en animales, siempre me humedece un poquito las gafas de sol.
Todo esto viene a cuento porque acabo de darle un repaso a El Valle de la Muerte, un ensayo de Terry Brighton sobre la carga de la Brigada Ligera durante la guerra de Crimea. Aquello, más conocido por la carga entre los que están en el ajo, es asunto que algunos frikis de la materia –los periodistas Jacinto Antón y Willy Altares, mi compadre Javier Marías, yo mismo y algún otro– cultivamos, desde hace muchísimos años, como materia de reflexión y tertulia, sobre todo a la hora de comparar la leal actuación de los lanceros, dragones y húsares ingleses aquel 25 de octubre de 1854, dejándose el pellejo bajo la artillería rusa, con la criminal incompetencia de los mandos británicos que ordenaron el ataque, notorio entre las grandes imbecilidades militares de la Historia.
La historia es conocida: cinco regimientos de caballería británicos cargaron de frente contra una batería rusa, a través de un valle de kilómetro y medio de largo, batido a la ida y a la vuelta por fusileros y artillería. De seiscientos sesenta y seis hombres volvieron a sus líneas heridos o ilesos, muchos a pie y todos bajo fuego enemigo, trescientos noventa y cinco. Hasta la suerte de sus caballos se conoce: de los pobres animales que montaron los ingleses, galopando entre el estallido de las granadas o sueltos luego por el valle enloquecidos y sin jinete, murieron trescientos setenta y cinco. Ni siquiera los famosos versos de Tennyson, que varias generaciones de escolares aprendieron de memoria –«Media legua, media legua / media legua más allá...»–, pueden embellecer el asunto. Fue una carnicería en el más exacto sentido de la palabra.
Pero de lo que quiero hablar hoy es de perros. Porque lo que pocos saben es que, ese día, dos perros cargaron también contra los cañones rusos. Se llamaban Jemmy y Boxer, y eran, respectivamente, las mascotas del 11o y del 8o regimientos de húsares. Los dos canes habían acompañado a sus amos desde sus cuarteles de Inglaterra, y estaban en el campamento británico cuando se ordenó a la Brigada Ligera formar para la carga. Así que, como tantas otras veces en desfiles y maniobras, los dos fieles animales acudieron a colocarse junto a las patas de los caballos de los oficiales, dispuestos a marchar al mismo paso, sin obedecer las voces de los soldados que les ordenaban apartarse de allí. Después sonó la corneta, empezó la marcha al paso, luego al trote, y cuando, bajo intenso fuego de artillería, se pasó al galope y sonó el toque de carga, con las granadas reventando, hombres cayendo por todas partes, estruendo de bombazos y caballos destripados o sin jinete, Jemmy y Boxer siguieron corriendo imperturbables, junto a sus amos, en línea recta hacia los cañones rusos.
viernes, 16 de mayo de 2008
La alegría perfecta

Paseaba un hombre una noche bajo la lluvia. El agua caía suavemente, resbalando sobre su piel y empapando sus sentidos. El frío comenzaba a dejarse sentir. Una sensación de vacío le agujereaba el alma.
Un perro caminaba a su lado.
El perro le miraba girando los ojos sin levantar la cabeza y le seguía. Esos ojos tan familiares. La sensación de vacío iba desapareciendo. No estaba solo. Pensaba en el éxito que siempre había buscado. En el reconocimiento de los demás que nunca llegaba. En la búsqueda en su interior. En ese instante lo único cierto del mundo era que el perro le seguía.
Estaban calados y cansados y no sabían a donde iban. Al hombre se le desdibujaba de donde venían, pero comenzaba a sentirse mejor. Comenzaba a descubrir la alegría perfecta.
sábado, 26 de abril de 2008
Os presentamos a Lear
Toda la camada es preciosa y nos ha costado mucho decidirnos. Al final había que hacerlo y aquí os presentamos a Lear.
Pero todos sus hermanos son igual de bonitos y cariñosos y desde aquí les deseamos lo mejor para todos ellos.
sábado, 19 de abril de 2008
La primera camada de Rex
jueves, 13 de marzo de 2008
Conversaciones con Rex
Aquí mostrando su mejor perfil, pasando olimpicamente de mi monólogo
jueves, 6 de marzo de 2008
Rex va a ser papá
domingo, 3 de febrero de 2008
La vida no es fácil
domingo, 16 de diciembre de 2007
Serenidad
Ramón entró en el restaurante con la impaciencia de quien lleva tiempo esperando este momento. No sentía nada de apetito. Su estómago estaba cerrado y tenía que controlar las arcadas. La razón estaba de su parte y el día había llegado. Quedaba atrás la planificación, la puesta en escena, que le permitiera proponer las modificaciones al Proyecto. Don Arturo, su jefe, era un perfeccionista y exigía esa perfección a todo lo que le rodeaba. Y en ese todo estaba incluido Ramón. Recordaba cuando Don Arturo le encargó la ejecución del Proyecto. Que día tan azul y luminoso. Su pecho se hinchaba de orgullo, mientras todos sus compañeros lo miraban con envidia. Pero los malditos imprevistos llegaron incluso antes de comenzar, mientras se probaba el nuevo traje de jefe de Proyectos.
-¿Disculpe señor, tiene mesa reservada?- le dijo el maître. Ramón tardó en responder.
-Sí, disculpe, tengo una mesa para cuatro, reservada a nombre de…
-Ramón García- se adelanto el maître.- Es la única mesa reservada para cuatro y por las veces que ha llamado comprobando que estuviera todo correcto, le he reconocido la voz.
Ramón sabía que era un brasa, pero no le pareció correcta la observación.
El maître le acercó a la mesa y le invitó a tomar asiento. En ese mismo instante Ernestina entraba en el Restaurante. Conforme se acercaba, Ramón se recreó en sus movimientos de cadera y en el levísimo balanceo de sus pechos. Se calmó al pensar que siempre le quedaría Ernestina, que esa misma noche podría disfrutar de su cuerpo pasara lo que pasara en la comida.
-Gracias por venir- le dijo Ramón con voz aterciopelada.
-No me perdería esta comida por nada del mundo- contestó ella con picardía.
Ramón se molestó por un instante. Aún no conocía al nuevo adjunto de Don Arturo, pero ya le habían llegado noticias del éxito que tenía con las mujeres. Por eso había dudado en llamar a Ernestina, pero ahora, viéndola sonreír con su rostro relajado, se convenció que había sido un acierto incluirla en la reunión. Ernestina hacía subir muchos puntos al hombre que tuviera a su lado. Además aportaba ese toque fresco y juvenil, sin olvidar la forma en que la miraba Don Arturo.
Ramón se fue al baño. Trató de mear, pero no soltó ni gota. Entró en el cagadero, pero tampoco pudo aliviarse. Al salir del aseo, descubrió que los invitados estaban sentados en la mesa, riendo de forma exagerada.
-Don Arturo, disculpe- atisbó a decir Ramón, al tiempo que le tendía la mano todavía húmeda del lavabo.
-No se preocupe. Con Ernestina no le hemos echado en falta.
Su mirada se fijó en el cuarto personaje. Se trataba de un extranjero que respondía perfectamente al estándar de nórdico.
-Por cierto, es el momento de las presentaciones- dijo Don Arturo. –Ramón, te presento a Larson, el nuevo adjunto a la gerencia de la compañía, es decir, mi brazo derecho a partir de ahora.
Larson sonrió y le tendió la mano a Ramón, pero sin responder verbalmente al saludo.
-No habla una palabra de castellano- le justificó Don Arturo – Hasta que se suelte con el idioma, Ernestina trabajará para él.
La mesa estaba servida, con variedad de platos, que a Ramón le parecieron relacionados con Larson. Veía albóndigas de bacalao, arenques a la crema, buñuelos de anchoa, ensalada de ahumados, salmón marinado y algunos más que estaba tratando de reconocer. La cara de Ramón no podía disimular su estupefacción. No era nada de lo que él había encargado.
-Le pedí a Ernestina que se asegurara de que el menú fuera del gusto de Larson- dijo Don Arturo. Ella agachó la cabeza, pero la levantó al instante como aceptando un desafío.
-Pero Ernestina…- comenzó a decir Ramón al tiempo que buscaba su mirada. -¿Cómo no me dijiste nada?- acertó a decir.
-Porque Ernestina sabe adaptarse a los cambios –respondió Don Arturo- Sabe improvisar, jugar con los imprevistos. Cosa de la que tú, Ramón, andas muy corto.
-Pero Don Arturo, las condiciones iniciales del proyecto, no eran las previstas. Se necesitó un tiempo de reacción y los costes indirectos se incrementaron.- dijo Ramón mientras Larson le hincaba el diente al salmón – No obstante quería aprovechar la comida para comentarle una serie de cambios de calidades tendentes a poder mantener el Presupuesto inicialmente previsto.
-Sí, Ramón, ya sé. Ernestina me ha mantenido puntualmente informado de todas tus meteduras de gamba. Sinceramente, creo que lo tuyo Ramón, es la pastelería. Empiezas a amasar y ya no puedes quitarte la masa de las manos. Todo lo pringas.
Ramón sentía que le faltaba aire. Era incapaz de responder. No podía articular palabras inteligibles. Por su mente pasaba el cuerpo desnudo de Ernestina, (cuerpo que él ya no volvería a ver), en los brazos fornidos del Sueco ó Finlandés de la sonrisa hueca. La lealtad destrozada. Bragas de traición. Como pudo se levantó de la mesa y volvió al aseo. Se cerró dentro de una de las cabinas y se sentó en la taza. Trató de seguir respirando. Se asfixiaba.
Cuando despertó todo estaba oscuro. Tan solo veía la tenue iluminación de las luces de emergencia. Tardó unos minutos en ordenar los últimos acontecimientos y recordar donde estaba. Pensó que todo había sido un mal sueño, pero no. Estaba dentro del restaurante con las puertas cerradas. Nadie se había acordado de él. Se sentó en la barra y se miró frente al espejo. Su cara era un rictus, su boca estaba torcida, sus ojos sin expresión, su color amarillo. Se sirvió un güisqui con hielo y se encendió un puro. En ese instante descubrió que podía respirar hondamente, sin limitaciones. Ya no tenía nada que perder, ni siquiera la vida. Se puso en pie, abrió la puerta de la salida de emergencia, y salió a la calle mientras sonaba la alarma y destellaban las luces de emergencia.
jueves, 25 de octubre de 2007
¿El?
Una vez levantado y tras superar la sorpresa de mi traspié, comencé a sentir una pérdida de estabilidad. La caída me debió afectar al órgano del equilibrio. No importaba. De todos modos podía andar.
Me disponía a proseguir mi camino cuando algo llamó mi atención. El perro que hasta el momento había permanecido sentado junto al banco, se puso de pie y dio dos pasos tras de mí. En ese mismo instante la correa que lo sujetaba al banco se tensó y dócilmente se quedó mirándome aullando de manera tenue y lastimosa. Miré a mí alrededor, esta vez de forma arrogante e inquisitorial, para encontrar al responsable de tener a un animal de tan dulce mirada atado en la vía pública. La gente circulaba a nuestro alrededor sin mostrar ningún signo de interés por la escena que estaban presenciando. Me quedé estatua durante unos pocos minutos que me parecieron una eternidad, pero todo seguía igual. No cabía duda de que el perro había sido abandonado por su rastrero dueño. ¿Qué hacer? Esa era la cuestión. Y encima me estaba empezando a entrar un ardor de estómago que por desgracia empezaba a resultarme demasiado familiar.
La posibilidad de llamar a la policía local ó a una sociedad protectora no me seducía en absoluto. Podía esperar horas hasta que aparecieran y rellenaran los partes correspondientes. Además el final del que ya consideraba mi amigo, sería muy triste en la perrera municipal. No, eso no iba a tolerarlo. Por otro lado no podía dejarlo ahí, al menos mientras me siguiera mirando de esa forma. No tenía otra alternativa más que soltarlo y luego ya pensaría que hacer.
Decidido a cumplir mi propósito, cogí la correa de tela y traté de desatar los nudos. Pero al inclinarme, el mareo se incrementó y el ardor empezó a transformarse en nauseas. Desistí de mi empeño.
Me senté en el banco y a mi amigo le faltó tiempo para subirse y apoyarme su hocico en mi muslo derecho, mientras sus ojos miraban hacia arriba para observarme. No cabía duda que era un perro de familia, acostumbrado a tumbarse en la cama que se le pusiera por delante. Descansé unos minutos. Con más tranquilidad observé que el animal estaba bien cuidado. No debía pertenecer a ninguna raza en concreto. Sus padres debían creer en el amor libre sin sometimiento a estándares de razas. El resultado del cruce resultaba satisfactorio. Tamaño mediano, pelo duro de predominio de grises, con los extremos de las patas, las barbas y las cejas de color blanco. Mientras, sin saber como, mi mano derecha se había apoyado en su cabeza, al mismo tiempo que él me lamía la mano izquierda.
Comenzaba a hacer fresco. No tardaría en anochecer, y a estas alturas, yo ya estaba decidido a no dejarlo solo en mitad de la noche. Por fin estaba convencido en llevármelo a casa. Mañana con la luz del Sol ya pensaría que hacer.
Me levanté del asiento y como un resorte él se puso en pie y comenzó a mostrar su intranquilidad. Pero ahora acerté a ver la hebilla que unía la correa con el collar y la abrí. En ese preciso instante en que el perro se vio liberado, salió disparado como un cohete y tardé tres segundos en perderlo de vista. Adieu mon ami.
Me quedé de pie en la acera durante unos instantes, respiré hondo y comencé a sentirme aliviado. Ya no era responsable de ese chucho que no tenía nada de especial.
Era hora de regresar a casa. Este encuentro casual me había hecho perder mucho tiempo y presentía que como en tantas otras ocasiones tendría que justificarme. Me dejaba llevar por mis piernas más que por mi cabeza. Acabé cogiendo un taxi. Al tercero que pasó conseguí que parara. Le di mi dirección y le pedí que me dejara en la misma puerta. El taxista sonrió, bajó la bandera y tras recorrer escasamente cincuenta metros paró y me mostró el portal de la finca de mi casa.
-Maldita sea, -me dije por lo bajo- ya me la han vuelto a clavar.
Bajé del taxi mientras el conductor seguía mostrándome su estúpida sonrisa.
-Qué te jodan- atisbe a decirle en el mismo instante en que el capullo daba un acelerón. Todavía me dio tiempo a hacerle un corte de mangas antes de que desapareciera tras girar la esquina.
Entonces me percate que estaba parado en mitad de la calzada mientras un conductor esperaba pacientemente a que dejara la vía libre. El coche pasó mientras le hacía una reverencia.
Al menos estaba en casa. La puerta del patio estaba abierta. Subí las escaleras. Por fin tenía la suerte de cara, la puerta de casa también estaba abierta. Entraría disimuladamente y me sentaría en mi sillón. Nadie en el recibidor. Continué sigilosamente caminando por el pasillo que desembocaba en el comedor. La televisión estaba en marcha y mi sillón estaba encarado a ella dispuesto a recibirme. Fue entonces cuando me percaté de una presencia que estaba ocupando mi lugar. Seguí acercándome. De repente me encontré sin respiración, sin habla. Era él quien estaba enroscado sobre la tapicería del asiento, con su cabeza apoyada en el brazo del sillón y mirándome con aire de indiferencia.
-¿Otra vez te has metido en el bareto de la esquina en lugar de pasear al perro?-oí que me decía mi mujer desde la cocina- ¿Dónde le dejaste mientras te ponías ciego?
En ese instante todo cobró sentido y mientras le miraba a él sentado en mi sillón, comprendí que yo era el autentico perro de la casa.